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  • El Desafío Masculino de Frenar la violencia contra las mujeres
    Qué le ha sucedido y qué nos sucede a gran parte de la humanidad que transita del amor al desamor, de la paz a la guerra, de la amistad a la enemistad, del deseo y aceptación por el otro u otra, al control o maltrato de quien decimos querer, en tantas variantes como parejas e individuos existen. Qué ocurre que finalmente existen enormes dificultades para permanecer en la comprensión y la aceptación, o dicho en otras palabras, qué pasa, que se cae con tanta frecuencia en la violencia, el maltrato, control o en el abuso de poder en las relaciones humanas intergenéricas.

    Y en particular, qué nos acontece cuando buena parte de casi media humanidad, los hombres, somos tan proclives a establecer relaciones tendientes a amar y a la vez desear dominar a la otra media humanidad, las mujeres o a quién o a quiénes “elijamos amar”. Para el caso de los hombres, qué nos sucede cuando amamos y qué cuando odiamos o maltratamos a las mujeres. Seguramente ocurren tantas cosas que serán muy difíciles de mencionar en este espacio, sin embargo, en esta oportunidad si pretendo cuestionar, porqué los hombres, violentan a las mujeres y porqué como hombres nos ha faltado, de manara amplia y consistente, inconformarnos y renunciar a tantas formas de violencia y control que como género cometemos hacia las mujeres.

    Qué hace que los hombres como género, no nos hayamos comprometido abiertamente a estar en contra de la violencia hacia las mujeres. Este cuestionamiento es trascendental tanto en el ámbito de lo personal, para construir relaciones más satisfactorias, como en el plano social, ya que si como ONGs hablamos de proyectos de nación o políticos donde planteamos sociedades más democráticas y justas, los hombres no nos hemos, manifestado, incomodado y organizado ante la opresión y la injusticia más cotidiana, el maltrato y la violencia a las mujeres, niñas y niños.

    El problema de la violencia masculina hacia las mujeres por más complejo, extendido, que nos pueda parecer, tiene una serie de salidas en aquellos hombres que deseen comprometerse en este grave problema social que obstaculiza y empobrece la vida de hombres y mujeres de todas razas, edades, preferencias políticas, religiosas o sexuales.

    Vivimos en relaciones sociales donde el abuso de poder y la violencia son estructurales, y donde hablar de sus variantes, dimensiones y consecuencias, no siempre aseguran avances en el compromiso de los hombres por renunciar a su violencia contra las mujeres.

    Tampoco diría que exista una preocupación amplia por parte de hombres de ONGs, Gobierno, grupos sociales, ni políticos que estén comprometidos en la acción o generen corrientes de pensamiento sobre las implicaciones de la violencia masculina en la vida privada y social, y por tanto en el conjunto de nuestra estructura social y cultural. Por supuesto que el tema de la violencia está muy de moda, pero quiénes lo abordan como un problema central en nuestra identidad como hombres y en nuestra conformación como sociedad.

    De no ser por muy pocos hombres, han sido las mujeres quienes se han comprometido en el actuar, legislar, denunciar y teorizar sobre la violencia masculina, no es casual que nosotros los hombres no asumamos el tema de la violencia como prioritario. A muy pocos patriarcas que estemos en la casa, la academia, en organizaciones o con cualesquier puesto con poder, poco nos ha interesado seriamente cuestionar nuestras formas de ejercer el poder o nuestra autoridad, que otras u otros sienten como violencia u opresión. Aunque, por otro lado, también hay cada día más hombres que están por una cultura de la equidad que los lleva a actitudes y acciones muy concretas en lo personal como en lo institucional donde rechazan la opresión y la violencia a las mujeres.

    La violencia masculina a las mujeres, frecuentemente es negada, minimizada e incluso exaltada, por lamentablemente muchos hombres, y no digamos las actitudes defensivas o inquisidoras mediante las cuales muchos hombres se refugian para no asumir su responsabilidad y compromiso por comprometerse a parar su violencia. Lo más fácil es decir, “ellas también son muy violentas”, “la controlo, pero no le pego”, o “yo no soy un violador”, aunque nuestras propias compañeras nos reclamen que se viven violentadas por nuestra forma de ser.

    También hay quienes desde una posición de víctimas arremeten contra ellas siendo autocríticos de dientes para afuera, ya que en la práctica siguen estando muy resistentes a renunciar a sus privilegios, compartir responsabilidades equitativamente o asumir paternidades más comprometidas, y no sólo ser padres proveedores o papás de fines de semana. Aunque por supuesto hay y habrá cada vez más hombres con un actuar que merece todo nuestro reconocimiento.

    Por otro lado no existe la costumbre como hombres de animarnos a hablar de nuestros malestares, miedos, emociones, impotencias, o bien a abrirnos a expresar nuestras profundas satisfacciones o insatisfacciones, por lo general somos poco permisivos con nosotros mismos para expresar lo que sentimos. Nos construimos de una manera tan rígida o con tanto temor a ser sensibles, que ignoramos todo lo que nos estamos perdiendo al no permitirnos cuestionar abiertamente tantas ideas y actitudes machistas a las cuales no hemos querido o podido renunciar.

    Pero insisto, como hombres, estamos realmente preocupados por parar la violencia hacia las mujeres. Después de haberme involucrado en el apoyo a mujeres que han sufrido violencia de género, trabajado con hombres que desean dejar atrás la violencia como forma cotidiana de resolver sus conflictos de pareja y familiares, además de haber empezado a trabajar el tema de la paternidad, con otros hombres. No deja de incomodarme profundamente tanta violencia masculina y el silencio cómplice y solapador que los hombres guardamos ante estos cotidianos atropellos a la razón y los derechos más elementales.

    Veo por tanto una serie de desafíos que como hombres y como sociedad civil tenemos para avanzar en un compromiso cada vez mas serio y formal para disminuir la violencia hacia las mujeres desde nuestra condición como hombres y como instituciones.

    Damos poca importancia a las repercusiones de nuestra identidad de género machista en la violencia estructural y la reproducción simbólica y estructural de nuestras sociedades patriarcales y autoritarias.

    Hoy día aún carecemos de una crítica directa a la violencia estructural en la cual todos vivimos y alimentamos. Entendida ésta como las estructuras sociales, culturales, simbólicas y sociales que legitiman o fomentan las desigualdades, el control, la violencia o impiden el pleno desarrollo integral de las personas. Y si bien nos han preocupado legítimamente temas de violencia directa como; la delincuencia, robos, incluso las guerras y la violencia intrafamiliar, son pocas las organizaciones sociales y muchas individuas quienes nos recuerdan el tema de la violencia estructural, que es sustento y condición para el desarrollo y mantenimiento de otras muchas violencias y opresiones.

    Invisivilizar la violencia estructural es como no ser capaces de reconocer que individualmente nuestra identidad como hombres ha sido alimentada de pautas de interacción que privilegian y fomentan la desigualdad, el abuso de poder, el autoritarismo y en fin tantas expresiones de la violencia estructural, que a fuerza de tanto repetirse las aceptamos sin mucho cuestionar, ni sus partes o expresiones cotidianas, ni el todo, esto es, las condiciones y simbolizaciones sobre las cuáles se fincan las desigualdades sociales incluidas las de género, raciales, económicas, etnias y muchas más.

    La educación que como hombres asimilamos nos coloca como verdugos y supuestamente superiores de las mujeres, identidad masculina hegemónica que a su vez propicia la conformación de las demás estructuras e instituciones sociales antidemocráticas, violentas, discriminatorias o intolerantes. La identidad masculina hegemónica es cómplice y propagadora de la intolerancia, la discriminación y las desigualdades, y siembra sus reales en el ámbito de lo personal, familiar, comunitario y político.

    Vivimos en discursos democráticos, de equidad y justicia social, y a la vez somos incapaces de renunciar a las inequidades domésticas y de género, sustento de desigualdades, violencias e injusticias.

    La Cultura patriarcal en la cual vivimos goza de tan buena salud, que las expresiones autoritarias, antidemocráticas, sexistas, discriminatorias y demás prácticas que legitiman el poder masculino permanecen invisibles e inmiscuidas en tantas instituciones, como personas y manifestaciones culturales, y para muchos hombres son difíciles de detectar en su trato sobre todo con las mujeres, pero que ahí están privilegiando lo masculino y a los hombres sobre lo femenino y sobre mujeres reales.

    Tanto nos funda el patriarcado y el sexismo que para insultar o querer rebajar a otro hombre, le decimos, maricón, rajón, joto, en una palabra lo feminizamos, la peor ofensa a otro hombre es igualándolo a lo femenino. Para frenar la violencia a las mujeres convendría por lo menos inconformarnos incluso con el habernos construido avergonzándonos de lo femenino que cada uno posee.

    No siempre visualizamos este desprecio por lo femenino en muchas de nuestras actitudes. Por uno o dos hombres que esté en una reunión de mujeres hay que hablar en masculino para que el señor no se ofenda porque lo sitúan como algo vergonzoso, el ser una mujer. Sobrados ejemplos citaría donde poseer una característica femenina es sinónimo de pena o malestar para muchos hombres, la homofobia y otras intolerancias a hombres con preferencias diferentes a las hegemónicas, son acicates de un machismo que desprecia a lo femenino e incluso a otros hombres que traicionan las imágenes del “verdadero hombre” y se muestras sensibles o con rasgos socialmente asignados sólo a las mujeres.

    En este México de hoy día puede haber hombres que apoyamos las causas más democráticas, justas, equitativas y progresistas, y en la vida privada esa equidad no permite lavar una tasa, cambiar un pañal, trapear, ir a una junta escolar, abrazar y dar tiempo a cada hija e hijo, preocuparse y escuchar sus reclamos, aceptar errores o servir y atender a las y los demás.

    Nuestras maneras de actuar, pensar y sentir como hombres, nos afirman a tal grado que vemos como “natural” que las y los demás estén a nuestro servicio y en segundos planos, mucho menos aún visivilizamos violencias emocionales que ejercemos hacia las mujeres. Repensemos, por caso, el concepto de amor que tenemos los hombres y veamos que responde más a expectativas, de atención, apoyo, servicio y obediencia por parte de nuestra pareja, que a un fomentar su pleno e irrestricto respeto y desarrollo. Es frecuente que muchos hombres no se sientan queridos si sus parejas no les obedecen o hacen lo que ellos esperan que hagan, sean e incluso sientan.

    Es tan invisible, para el propio hombre, su conformación de sabelotodo y “el que tiene la razón” que nos comportamos como una total aplanadora de sentimientos y deseos femeninos que nunca son escuchados ni tomados en cuenta, respetando el auténtico sentir femenino. Sino nos obedecen o nos dan la razón, nos sentimos ofendidos, no queridos o no tomados en cuenta. Uno de los enojos masculinos más comunes se genera cuando las compañeras no hacen lo que ellos creen que es lo correcto, incluso la violencia intrafamiliar se desencadena en el momento en que la pareja desobedece o hace cosas contrarias al deseo o la autoridad masculina.

    Preguntémonos que entendemos por pareja, a partir de las expectativas reales que esperamos que ellas nos cumplan y posiblemente, para muchos no nos será difícil entender que muchas de nuestras separaciones de pareja están fincadas en nuestra incapacidad para renunciar a nuestros privilegios masculinos, que tenemos serias resistencias a ser equitativos en todos los planos, y no sólo en los que nos convienen, que nuestras dificultades y desamor compiten con aceptar su pleno desarrollo o con nuestra imposibilidad de compartir el poder de manera justa y pareja con nuestras compañeras.

    Avanzar pues en una cultura de la igualdad y la equidad implicaría que en nuestras relaciones con las mujeres lo que ellas hacer, piensan o sientan, realmente valga tanto como lo que los hombres hacemos, pensamos o sintamos. Y si en verdad existiese en la práctica esta tan difundida igualdad entre las mujeres y los hombres, los conflictos no los resolveríamos desde la imposición, la violencia o el abuso de poder.

    Por otro lado la promoción de la cultura de la igualdad entre hombres y mujeres tendría que reflejarse en ambientes donde por lo menos prive el respeto y el diálogo entre iguales. Incluso rechazando la violencia y reconociendo que hay una agresión constructiva en tanto fuerza o energía vital del ser humano que usamos constructivamente y que nos va ayudar a crecer y a afirmarnos, más no aquellas agresividades que son usadas es para impedir el desarrollo y crecimiento del cualquier ser humano, así esta agresión invasora e impositiva sería siempre una violencia y forma de control.

    Los sentimientos, el amor, la relación de pareja, la paternidad, la homofobia, el hostigamiento sexual, la violación, y los asuntos cotidianos de las mujeres, para muchos hombres, partidos y organizaciones, no son asuntos realmente sustanciales para la transición a la democracia y la justicia social.

    Para muchos hombres, políticos, académicos, luchadores sociales y demás, no les resulta trascendente para la construcción de un proyecto de nación democrático, justo y equitativo, el cuestionarse la cultura patriarcal, sexista y en fin el machismo en sus múltiples expresiones públicas y privadas. La violación, la violencia intrafamiliar, el hostigamiento sexual y demás manifestaciones de la cultura patriarcal, son considerados como problemas individuales y no como expresiones de una identidad masculina hegemónica. Con el pretexto de que no se metan en mi cama, mi familia o mi vida íntima, los hombres queremos no ser necesariamente congruentes entre lo que decimos públicamente con lo que hacemos privada e íntimamente.

    Para ser más auténticos y congruentes, pareciera que no debemos enfrentar nuestras propias contradicciones y flaquezas, quien ha dicho que sea fácil transitar en un mundo equitativo y sin violencia. Estamos los hombres hoy día, vísperas de elecciones presidenciales, conflictos universitarios y pleitos políticos, realmente planteándonos una transformación personal junto con una transformación social a fondo, realmente no estoy muy seguro.

    Yo no veo espacios masculinos de reflexión autocrítica, de real apertura para ir a fondo como hombres en temas sustantivos como la violencia intrafamiliar, el aborto, la paternidad, la democracia en la vida familiar e institucional, la tolerancia y el respeto a las necesidades e intereses de las niñas, niños, de las y los jóvenes, de personas de la tercera edad y tantos grupos sociales que invisibilizamos, como indígenas, trabajadoras domésticas, homosexuales, discapacitados, chavos banda, transexuales y tantos grupos más con diferentes credos y preferencias religiosas, culturales o sexuales distintas a las hegemónicas.

    La masculinidad y las identidades masculinas no están presentes como punto de discusión y reflexión en las agendas políticas, porque las masculinidades se ejercen y ya, sin mayor preocupación por si son masculinidades democráticas, equitativas incluyentes o tolerantes, nuestro ser hombres, con nuestros cotos de poder, públicos o privados no deben ser cuestionados, mucho menos por las mujeres o si transparentan que nuestra identidad y estructura afectivo-racional, está plagada de intolerancias, machismos y desprecio por lo femenino.

    No queremos la autocrítica a nuestras identidades masculinas porque además de destapar mucho dolor, tememos perder nuestros privilegios como machos, cuando el machismo y la violencia hacia las mujeres son el principal obstáculo personal y la masculinidad hegemónica o machista el central impedimento político cultural para acceder a proyectos de nación más humanos, justos y equitativos.

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